Más allá de ‘hispano’: las culturas que los inmigrantes mantienen vivas en Nueva York

Desde la danza cañari y el arte quechua hasta las arepas colombianas y el mariachi mexicano, inmigrantes en Nueva York explican qué significa preservar una identidad que va más allá de las etiquetas.

Rommel H. Ojeda

Oct 13, 2026

Santiago Reyes stands in front of a portrait created by muralist Robert Varagas. Photo by Rommel H. Ojeda for Documented.

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Elena Soledad, artista y dueña de Brooklyn Warmi, dice que sus obras cuentan historias de sus raíces andinas. Sus aretes de oro K’intu representan tres hojas de coca una encima de la otra, un símbolo que honra a la Pachamama, que significa Madre Tierra en quechua, su lengua indígena. Su pieza Amaru, dos serpientes bañadas en oro, se inspira en una figura andina asociada con el Ukhu Pacha, el mundo subterráneo andino. Soledad dice que la serpiente representa el renacimiento a través de la transición y la transformación.

Brooklyn Warmi, que significa mujer de Brooklyn en quechua, refleja una identidad que, según Soledad, no puede reducirse a una sola palabra, como latino o hispano. Entiende por qué los inmigrantes y sus descendientes adoptan esas etiquetas para encontrar un lugar de pertenencia. Pero, a través de sus joyas, busca que otros miren más allá de esas etiquetas y conozcan las culturas regionales, nacionales e indígenas que han moldeado sus identidades.

“Quiero que la marca se conozca como una historia y un recorrido en el que aprendes a amarte, a amar a tu comunidad, tu cultura y las cosas que estás volviendo a aprender”, dijo Soledad, quien se identifica como quechua de los Andes. “Fue como una carta de amor para todos nosotros”.

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Soledad dijo que algunas de sus joyas incluyen palabras como indígena o andino. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

Su perspectiva pone de relieve una tensión dentro del Mes de la Herencia Hispana, que se celebra del 15 de septiembre al 15 de octubre. La celebración busca honrar las contribuciones de las comunidades hispanas y latinas al país, pero también agrupa a personas con historias, tradiciones y vínculos muy distintos. Algunos inmigrantes dijeron a Documented que etiquetas como hispano o latino no representan las experiencias y culturas de las personas de Centroamérica y Sudamérica que tienen raíces indígenas.

En Nueva York, artistas, cocineros e intérpretes muestran lo que hay detrás de esos términos generales —a través de sabores colombianos, danza cañari, arte andino y mariachi mexicano— mientras abren espacio para sus culturas en la ciudad que consideran su hogar.

Soledad nació en 1990 en Puno, Perú, y fue adoptada cuando era bebé por una familia en Estados Unidos. Creció entre comunidades caribeñas y negras de Brooklyn, donde dijo que se sintió desconectada de sus propias raíces. “Tenía tanta rabia y no sabía de dónde venía”, reflexionó sobre su adolescencia. “Quería sentir que pertenecía a algún lugar”.

En 2005 viajó a Perú para conocer a su madre biológica. Allí se enteró de que tenía cinco hermanos, entre ellos uno que había sido adoptado un año antes que ella. Le maravillaron el amor que le mostró su familia y la familiaridad que sintió con la cultura indígena del pueblo donde vivían.

“Siempre me han atraído los textiles. Siempre me han atraído las montañas, el sol, la luna y las cosas que parecen originarias, que parecen indígenas, pero nunca entendía por qué”, explicó Soledad.

Después de ese primer viaje de regreso a Perú, comenzó a conocer más sobre las historias de los pueblos indígenas de la región andina. También empezó a aprender quechua y, en 2019, fundó Brooklyn Warmi con la intención de crear ropa y joyas para otras personas que quisieran representar sus raíces. Estampó camisetas con la frase “Quechua Warmi”, que, según contó, se agotaron muy rápido. Añadió que, más allá de las ventas de su arte, las historias que escucha de otras personas han sido gratificantes.

“Una estudiante de secundaria me escribió y me dijo: ‘Dios mío, me inspiraste a ser quien soy. No me avergüenzo de ninguna de mis raíces’”, recordó.

Con el tiempo, ha formado una comunidad de artistas que también se identifican como andinos e indígenas. A veces, dijo, la gente la detiene en la calle para preguntarle por el collar que lleva.

A quienes viven lejos de su tierra y quieren abrazar sus raíces, Soledad anima a explorar su cultura con curiosidad y avanzar paso a paso. “En esencia, la única manera que tenemos de sobrevivir es contando nuestras historias”, afirmó. “Siempre hemos sobrevivido a través de nuestras historias”.

Movimientos cañaris en la ciudad de Nueva York

Runa Kay se presenta en el festival Herencia Que Nos Une, en Corona, Queens. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

Contar historias sobre su cultura es algo que Mónica Avilés, de 48 años, ha hecho durante los últimos 15 años, desde que fundó el grupo Ñukanchik Llakta Wawakuna en 2012, y que busca continuar con su nuevo grupo, Runa Kay, fundado en julio de este año.

Explicó que el grupo de danza y cultura Ñukanchik Llakta Wawakuna, cuyo nombre en quechua significa niños de nuestros pueblos, funciona como un proyecto a largo plazo que va más allá de los talleres de danza y arte. Enseña a sus integrantes sobre la cultura andina y ofrece apoyo y recursos para que las familias puedan prosperar en la ciudad de Nueva York. Según Avilés, los padres llevan a sus hijos desde los 5 años y los acompañan durante su adolescencia.

Con Runa Kay, que significa espíritu danzante, espera crear un espacio para inmigrantes de todas las edades y géneros, tanto recién llegados como quienes llevan años en la ciudad, que quieran reconectarse con su cultura y aprender sobre ella. Resaltó que uno de sus objetivos es apoyar a los inmigrantes ecuatorianos que llegaron a la ciudad de Nueva York en los últimos dos años.

Con Runa Kay, que significa espíritu danzante, Avilés espera crear un espacio para inmigrantes de todas las edades y géneros. Photo por Rommel H. Ojeda para Documented

Durante una presentación reciente en el festival Herencia Que Nos Une, las mujeres de Runa Kay, vestidas con polleras tradicionales de colores naranja, rojo y amarillo, bailaron en círculo mientras sostenían una canasta frente a ellas. Sus polleras ondeaban con cada movimiento. Extendieron una manta en el suelo, colocaron las canastas encima y se arrodillaron a su alrededor. Los hombres, vestidos con zamarros, zapateaban al unísono alrededor de ellas, con una mano detrás de la espalda y la otra sosteniendo sus sombreros.

Recibieron los aplausos de cientos de asistentes. Pero, para Avilés, la presentación transmitía algo más profundo que una danza con una hermosa coreografía: contaba la historia de la pampa mesa, una comida comunitaria y una celebración que compartía con sus abuelos cañaris. Explicó que en Cañar, Ecuador, donde creció hasta los 15 años, sus abuelos organizaban fiestas de tres días e invitaban a todos sus vecinos a compartir un festín de papas, maíz y otros platos tradicionales.

Dijo que la manta con las canastas de comida representaba esas celebraciones. “Es tradición que todavía existe en los pueblos indígenas quechuas”, explicó Avilés, quien emigró a Nueva York en 1997 y se estableció en Williamsburg, Brooklyn. Agregó que crecer en Nueva York, aprender un nuevo idioma y adaptarse fue muy difícil.

También añadió que ambos grupos responden a la falta de comunidad que sintió al crecer en Estados Unidos y a las carencias que ahora observa en las escuelas de sus hijos. Recordó que, cuando su hijo estaba en cuarto grado, llevó a la escuela una zampoña, un instrumento de madera parecido a una flauta que se utiliza en comunidades indígenas. Su maestro le dijo que no consideraba que ese instrumento fuera música.

Avilés dijo que Runa Kay promueve la inclusión de distintas generaciones y experiencias. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

Para Avilés, ese momento ayudó a reconocer por qué no había encontrado una comunidad cuando llegó a Estados Unidos. “Me di cuenta de que los niños estaban perdiendo su identidad porque las escuelas no daban nada relacionado a la cultura de Ecuador o de Latinoamérica en general”, dijo. “Por ahí surgió la necesidad de crear estos talleres donde los niños nacidos acá empezaran a utilizar el baile como una herramienta para empezar a conocer más de sus raíces.”

Avilés dijo que Runa Kay promueve la inclusión de distintas comunidades, con experiencias, generaciones e identidades diversas. “Es interesante cómo de los obstáculos que enfrentamos puede nacer algo hermoso”, comentó. “Es importante saber de dónde vienes para saber hacia dónde quieres ir”.

El sabor de las arepas colombianas en Nueva York

Alejandro Osorio frente a Arepa Lady, en Jackson Heights. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

Conservar los sabores con los que creció es importante para Alejandro Osorio, dueño de Arepa Lady, un restaurante que se ha convertido en sinónimo de la cocina colombiana en la ciudad de Nueva York.

Osorio, de 47 años, emigró a los 4 años con su madre, María Piedad Cano, y se estableció en Jackson Heights, una zona que hoy se conoce como la Pequeña Colombia. Dijo que, durante su infancia, su madre dio prioridad a que siguiera hablando español y aprendiera sobre la cultura y la cocina de su país de origen.

Para ganarse la vida, su madre, quien había sido jueza y abogada en Medellín, comenzó a vender arepas en un carrito cerca de la esquina de la avenida Roosevelt y la calle 79. Trabajaba sin permiso para vender y salía de noche para evitar a los inspectores.

“Trabajaba de marzo a octubre y, a veces, seguía hasta noviembre”, recordó Osorio. “Entonces todo el invierno nosotros sin arepas. Cuando ella estaba acá siempre íbamos a comer”.

Contó que su madre se hizo conocida por sus arepas de queso, preparadas con harina de maíz y queso mozzarella, a las que se les da una forma circular y se cocinan a la plancha. También por sus arepas de choclo, hechas con una masa de maíz dulce.

Osorio dijo que las arepas se preparan con los mismos ingredientes que utilizaba su madre. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented
Arepa con pollo desmechado y queso. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

En 2014 abrieron juntos su primer restaurante y, tres años después, ella se jubiló. Desde entonces, Osorio ha trabajado para conservar los sabores que hicieron conocida a su madre y crear un restaurante donde la gente pueda sentirse como en casa.

“Lo llena a uno mucho de orgullo. Y también es difícil porque es el nombre de mi mamá y uno tiene que hacer las cosas bien”, señaló. “ Pero todo es lo mismo. Los mismos vendedores donde compramos las cosas, las mismas cosas … Usamos la misma olla que mi mamá medía”.

A lo largo de los años, el restaurante ha atraído la atención de personas de la zona y del extranjero, incluido el Bayern Múnich, uno de los principales equipos de la liga alemana de fútbol.

Osorio dice que a veces todavía le cuesta creer que lo consideren un referente de la cocina colombiana en Nueva York. “Es curioso porque a veces me encuentro con personas que han vivido en el barrio y me dicen que no sabían que estábamos aquí”, comentó. Recordó cómo, de un día para otro, recibió una gran cantidad de clientes después de que se publicara un artículo sobre el restaurante.

Agregó que ha recibido clientes de otras partes de la ciudad e incluso del mundo. Recordó que una mujer de Bélgica lo contactó para encargar 100 arepas. Entre risas, contó que ella le dijo que no podía comer las que vendían en los supermercados por los conservantes. “Nosotros aquí no le echamos nada, no tiene nada de preservativo, nada, así completamente fresco”. 

Osorio espera que más personas compren en los negocios locales e inviertan en ellos. “ Usted gasta en un negocio de estos, es para una persona que come en otros restaurantes en el área, que merca por acá”, resaltó. Añadió que a veces va a comer a Birria-Landia después de cerrar su restaurante.

“Eso ayuda a la comunidad entera. En cambio, en esas compañías grandes, usted va y gasta, y esa plata sale de la comunidad y no vuelve”.

Música de mariachi

Santiago Reyes frente a un retrato creado por el muralista Robert Varagas. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

En el desfile de moda Con Tiempo, en Nueva York, Santiago Reyes está de pie en medio de la pasarela. Viste un traje negro de mariachi adornado con coronas plateadas y sostiene una trompeta con el brazo izquierdo. Su voz de barítono resuena por todo el salón mientras canta “Perfidia”, un bolero escrito por Alberto Domínguez Borrás en 1939. Detrás de él, su grupo Mariachi Reyes, del que también forman parte su hijo Albert y su hija Jazmin, lo acompaña con el rasgueo de vihuelas y guitarras acústicas.

Para Reyes, de 53 años, tocar con el grupo tiene un significado personal y también es importante para mantener viva la tradición. “ La tradición de siempre tenemos que tenerla en alto”, dijo. “ Es algo hermoso que dejaron nuestros ancestros hace muchos años. Esa tradición tan hermosa que se lleva en la sangre”.

Contó que es uno de 14 hermanos y que comenzó a formarse como mariachi desde pequeño, mientras crecía en México. Aprendió a cantar a los 8 años y, dos años después, comenzó a tocar la vihuela. “Yo me acuerdo que mi papá me enseñó a tocar el tono de sol. Es un tono bien facilito en la vihuela”, recordó Reyes. “Luego hasta dormía yo con la vihuela”.

Recuerda que tocaba la vihuela al ritmo de canciones de Pedro Fernández y Vicente Fernández, dos influyentes cantantes mexicanos de música de mariachi. A los 17 años ya había adquirido las habilidades para salir de gira por Norteamérica con Mariachi 2000, un grupo con más de 40 años de historia. En 1995 emigró a Nueva York tras recibir una oferta de trabajo con un grupo de mariachi. Allí conoció a su esposa, Guadalupe.

De izquierda a derecha: Albert, Santiago y Jazmin Reyes frente al mural en la avenida Wyckoff, en Brooklyn. Foto de Rommel H. Ojeda para Documented

Cuando su hijo Albert tenía 3 años, Reyes le enseñó a tocar el violín. Albert contó que comenzó a tocar la vihuela en la escuela intermedia y se unió a Mariachi Reyes a los 14 años. Tras crecer junto a su padre y su madre, quien practica ballet folclórico, dijo que no se dio cuenta de la riqueza cultural de su crianza hasta que otras personas comenzaron a preguntarle sobre ella.

“Me doy cuenta de que, en realidad, no es tan común que los hijos de inmigrantes estén tan conectados con sus raíces”, resaltó Albert, de 27 años. “Me hacen preguntas sobre el mariachi, la música y cosas así. Me parece genial que ahora sea una fuente de información para ellos”.

Albert añadió que, cuando él y su hermana Jazmin suben al escenario, sienten orgullo de ser mexicanos.

“Para mí es algo muy personal porque todas nuestras tías, nuestros tíos, nuestros primos, mi papá y mi abuelo han sido mariachis durante generaciones. Así que es todo lo que conozco”, agregó Jazmin, de 19 años. “Hay tanta belleza en ello”.

Mariachi Reyes se ha convertido en uno de los grupos más reconocidos e influyentes de la ciudad de Nueva York. Ha participado en presentaciones con instituciones como el Consulado de México y con el alcalde de la ciudad, Zohran Mamdani, durante un evento sobre el Mundial de este año.

Jazmin explicó que también se ha inspirado en una nueva generación de artistas de mariachi, muchos de ellos menores que ella. “Había una niña de 13 años… tocaba el guitarrón, y el guitarrón es un instrumento enorme”, recordó de un concierto al que asistieron recientemente en el Carnegie Hall. “Nos inspiran mucho las personas menores que nosotros y eso nos impulsa a mejorar por ellas”.

Reyes afirmó que se siente orgulloso de sus hijos por continuar la tradición familiar y que lo inspiran los artistas emergentes que han puesto la cultura del mariachi en el centro de su trabajo. “Hay niños de 5 años que tocan mariachi muy bien”, dijo. “Todo se está levantando muy hermoso. Niños preparados hablando inglés, hablando, tocando todos los instrumentos y representando muy bien a México”.

Rommel H. Ojeda

Rommel is a bilingual journalist and filmmaker based in NYC. He is a Senior Reporter for Documented. His work focuses on immigration, and issues affecting the Spanish-speaking communities in New York.

@cestrommel

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