Antojitos Doña Fela: Preservando la gastronomía peruana en el corazón de Nueva York

Antojitos Doña Fela lleva la auténtica gastronomía peruana a Elmhurst desde 2005, ofreciendo un menú típico y preservando su herencia cultural en Nueva York.

Rommel H. Ojeda

Jul 11, 2025

Elvira Sucasaca stands in front of the Antojitos Doña Fela food cart in Elmhurst, Queens. (Photo: Taurat Hossain for Documented)

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En una mañana de sábado, en la esquina de Roosevelt Ave. y la calle 90, la voz de Elvira Sucasaca se escucha por encima del bullicioso tránsito peatonal y el metálico estruendo del tren 7 al llegar a la estación 90th St.-Elmhurst Ave.

Vestía un delantal negro, bordado con franjas rojas, moradas, verdes y naranjas en un patrón tradicional andino, y lucía gafas de sol estilo cat-eye con destellos. Con un micrófono karaoke inalámbrico en mano, invitaba a los peatones a probar los manjares de su carrito de comida: “Tenemos tamales, chicharrón, relleno de chancho. Y por la tarde, arroz con pollo, chanfainita, seco de gallina y cau cau”.

Chanfainita, explica, es un guiso de pulmón de res con papas, cocido en caldo con hierbas y ají panca. Cau cau, en cambio, es un estofado de mondongo con papas en una salsa amarilla con cúrcuma. Ambos, servidos con arroz, son pilares de la gastronomía peruana.

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Del carrito brotaba el humo de pollo a la parrilla y el vapor de los tamales mientras Sucasaca preparaba los platos que han hecho de Antojitos Doña Fela, bautizado en honor a su madre, un destino obligado en Elmhurst desde 2005.

“Es darle al público la opción de que podamos vender cosas de nuestro país frescas”, dice. “Darles lo mejor de nosotros, como si fuera para nosotros mismos”.

Sucasaca, quien tiene 60 años, se define como mitad japonesa y mitad peruana. “Nosotros somos conocidos como Sansei”, explica, aludiendo al término japonés para designar a los nietos de un japonés con alguien de otra nacionalidad. La historia familiar se remonta al viaje del barco Sakura Maru, que en 1899 trajo a su abuelo a las plantaciones peruanas. “Creo que mi abuelo se adelantó a su tiempo. Creía en la diversidad antes de que la palabra fuera conocida”. Agregó que sus padres nacieron en Arequipa, a 17 horas de Lima, la capital de Perú.

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En Arequipa, sus padres tenían una tienda donde vendían aves de corral y productos de panadería, hasta que ella emigró a Estados Unidos en la década de 1990. En ese entonces, contó, grupos terroristas como Sendero Luminoso atacaban negocios y asesinaban a civiles en un intento por desestabilizar al gobierno peruano, lo que hacía que la vida en las tierras altas andinas —donde se encuentra Arequipa— fuera casi imposible.

Junto con el aumento de la violencia, la inflación le impedía costear los productos básicos. “Todo se estaba poniendo demasiado caro, no alcanzaba el dinero. Mi mamá estaba sola con nosotros, tenía que trabajar y no podía con todo. Así que tuvimos que buscar otro futuro”.

A los 28 años, en 1993, Sucasaca emigró a EE. UU., trabajó en ventas al por menor en Manhattan y aprendió inglés mientras vendía productos para el hogar y cosméticos. En 2005, empezó a trabajar en una escuela pública, empleo que conserva, y ese mismo año su madre, Felicita Vargas, se unió a ella en Nueva York.

Vargas notó la falta de comida peruana auténtica en Corona y Elmhurst, barrios mayoritariamente mexicanos, ecuatorianos y colombianos. “Mi mamá vio que acá faltaba algo peruano, algo de Perú, que sea todo peruano, no mezclado. Entonces ella tuvo la visión de crear el carrito”, cuenta Sucasaca.

Empezaron vendiendo tamales de cerdo —masa de maíz rellena con carne, envuelta en hoja de maíz y cocida al vapor— cuyo secreto su madre perfeccionó en Chincha, Perú. Hoy, junto con su hermana Elizabeth y su hermano Carlos, se levantan a las tres de la madrugada a cocinar. Carlos remoja el maíz mote para ablandarlo y molerlo en masa, mientras las hermanas sazonan y deshuesan las carnes.

“Tenemos un método único para ensamblar los tamales en línea, como una factoría ”, explica. “Primero pesamos todo y alguienppone el aji, las aceitunas y por último el pollo o cerdo”. Después, uno su hermana o hermano envuelve el tamal. 

El menú se amplió con arroz con pollo, chanfainita y otros platos, conquistando poco a poco a la clientela, incluso cuando la zona estaba dominada por otras cocinas. Vargas viajaba dos veces al año a Perú para traer ingredientes como ají amarillo, esenciales para mantener la autenticidad.

Su negocio fue creciendo con el tiempo, a medida que obtuvieron permisos y licencias para operar. “Las multas eran difíciles de manejar”, dijo Sucasaca. “Siempre mantenemos todo limpio, porque si viene El Departamento de Salud quiere que sigamos los protocolos de limpieza, que no estemos muy afuera, que no haya mucha basura, hay que barrer y así”.

Hoy, con su madre más mayor, Sucasaca y sus hermanos han asumido las riendas del negocio y siguen alternando viajes a Perú para comprar ingredientes que solo crecen en la región, como aji amarillo. “Si yo no viajo, va mi mamá; si no va mi mamá, va mi hermano”, dice.

Más allá de alimentar, Sucasaca considera vital preservar su herencia. Por eso, su hija Stephanie también ayuda en el carrito. “Mi hija nació aquí, pero siempre quise que habláramos español en casa. Los chinos enseñan los dos idiomas a sus hijos; no entiendo por qué los hispanos no”.

Sucasaca contó que su hija viaja a Perú al menos una vez al año para visitar Arequipa y la ciudad de Cusco, conocida por los restos arqueológicos de lo que fue la capital del Imperio inca.

Pero aunque para ella es importante preservar su herencia, Sucasaca dice que aprender y disfrutar de la multitud de culturas que ofrece Nueva York también es igual de vital. Además de la comida peruana, afirma ser fanática de la comida puertorriqueña, en especial del pernil, un hombro de cerdo asado lentamente que suele servirse con arroz amarillo y gandules.

“Como hacemos toda la operación aquí, necesitamos tener todo en stock para no estar llamando a los familiares si falta algo”.

Por ahora, Sucasaca dice que se siente orgullosa de que ella y su familia estén en la esquina de la calle 90 con Roosevelt Ave., ofreciendo a los neoyorquinos lo mejor de su cultura peruana. “Sé que ganar dinero es importante”, dijo Sucasaca. “Pero a veces también se trata de ofrecer los mejores ingredientes, dar a la gente un buen producto y hacerlos felices”.

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Rommel H. Ojeda

Rommel is a bilingual journalist and filmmaker based in NYC. He is the community correspondent for Documented. His work focuses on immigration, and issues affecting the Latinx communities in New York.

@cestrommel

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